16 feb. 2009

OTRO COLABORADOR


LA NOCHE EN QUE LARRY KRAMER INTENTO SACARME LA HOMOFOBIA

POR: J. ESE. ESCORIA

Ayer fui al teatro. La primera noche en que me iba a un teatro en Buenos Aires. Aclaro que no soy de acá. Hago teatro e investigación en mi país. País cuyo nombre no divulgaré en este momento, para evitarme cualquier posible y venenoso juicio de valor (luego les hago mala fama a mis compatriotas, ya venidos a menos desde antes que yo llegue).

En fin, me fui para el teatro. Compre una docena de pipocas y un par de cervezas (luego aprendí que no se estila por aquí el hacer eso antes de una obra de teatro). Una noche calurosa, una luna de traje impecable se mostraba en el firmamento y mi sonrisa de pueblerino en la gran ciudad (Si, si, exactamente como aquellos que el autor David Drake debió notar y yo soy uno más de esos pelafustanes en LA GRAN CIUDAD buscando su lucecita).

La obra comenzaba bastante bien, un actor, una banqueta, una pantalla con un letrero gigante: ¡OJO! aquí se van a proyectar videítos de paisajes.

Hasta que el, hasta ese momento, cándido actor se pone a hacer Fitness a santo de que alguien lo va a golpear. Dice que se defiende haciendo aeróbicos (allá él, yo Argentino) y como un acto de crueldad inhumana le apagan el aire acondicionado (si, el aparato hacía ruido, pero el tipo es humano), imagino que el director estaría de mal humor y dijera tras bambalinas “Que el muchacho se esfuerce un poco más, ¿no creen? ¡Abajo el poco aire que le queda!

Probablemente movido por esta tortura cruel, nuestro personaje se va y se mete a un antro. Y el técnico, ahí atrás, sonriendo entre dientes piensa “Creo que es hora de romperle los tímpanos al muchacho, todavía no ha sufrido lo suficiente ¡arriba el volumen!”. Y claro al público que lo atienda un otorrino, que la bronca es contra el actor y la puesta se transforma ahora en una especie de “La noche en que Larry Kramer me quiso matar”. Y el tipo, seguramente en el delirium tremens del incontable número de relaciones sexuales que mantiene en menos de 5 minutos, me anda buscando a mí. ¡A VOS! Repite y ¡A VOS! Vuelve a repetir. Y yo (como la mayoría de los espectadores alrededor) me escondo en donde puedo, que puede que este muchacho decida practicar lo que llamamos “teatro participativo” y me encuentre. Más bien que se distraía siempre con la ¡MÚSICA, MÚSICA, MÚSICA, MÚSICA, MÚSICAAAAA! Pobrecillo, deliraba y combatía contra las pruebas de fuego que su director le ponía.

Pero Javier Van de Couteur resiste y resiste. Muchacho duro, capaz de aguantar los vejámenes más crudos, resiste y llega la hora de la venganza. Ahí en las sombras, mientras lo vemos cambiarse lentamente y sin apuro (creo que no nota que se proyecta su sombra), parece pensar “¿Querían violentarme? ¿Creían que la homosexualidad es un juego? ¡Pues nada! ¡Voy a prenderles velitas! ¡Esa no se la esperaban!” y ahí viene que decide hacer una procesión de TODOS Santos, prendiendo velitas por Jimy, Karter, Edgar, Paul (¿Mc Cartney?) Willy (la ballena), King Kong (gorila gay), Pato Lucas, Nemo, Freud, Peter, John, Archie, Estella, Florita, y otros tantos que se prenden y se apagan una por una. Que tal vez (digo yo) estaría igual de cool hacer una tortita con todas las velitas y las apagamos de un solo soplido (para ahorrarnos unos minutos, digo yo).

Entre todo esto, en algún punto de toda la obra, me quisieron quitar la homofobia, pero yo no soy homofóbico, a mi me caen bien los gays, los creo capaces de hacer tan buen o mal teatro como cualquiera. Tal vez a la persona que estaba a mi lado le llegó el mensaje más profundamente (noté que su remera tenía estampado algo así como I HATE HOMOS) porque para el final de la obra lloraba a mares (¿o sudaba a mares?).
Pese a todo, me parece pertinente hablar del tema, siempre es pertinente y con tan buen actor se convierte en un agradable paseo, porque eso sí, ese es un guerrero que resistió los embates de la obra.

Aunque suena algo venenoso todo lo que escribí, fue una buena experiencia y recomiendo ir a verla.

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