15 mar. 2009

LAS MUJERES DE LOS NAZIS


Tres mujeres un camino


K. Ese. Escoria


Claro, escondidito se lo tenían. Todos andaban dándole palo todavía a Goebbels, Himmler, Hitler, Goring y otros tantos amigos de la sangre, el terror, el dolor humano (y probablemente la lasaña italiana). Pero nos habíamos olvidado de estas señoras, señoritas, damas, chicas, concubinas de los nazis.


Y el señor Hector Levy Daniel llega con el libreto bajo el brazo, seguramente gritando “ ¡Ey! Yo las vi, estas fueron las perras del tercer Reich” y ZAS! Salió la obra de teatro que vi ayer. Una obra partida en tres (como un pastelito).



El primer pedazo de ese pastel sabe amargo, cual tren de la muerte predecible. Un trozo de la mujer del jefe de propaganda nazi. Ella impasible, seria, solemne, parecía una maestra de colegio correccional de alto presupuesto. El, triste, cansado, abrumado por los fantasmas. Un dúo comparable únicamente al Gordo y el Flaco (cuando no estaban ante las cámaras). Me dio la sensación de estar de vuelta en la escuela leyendo un libro gordo de historia y encontrar un anexo de un periódico sensacionalista que dice “ ¡Atención! Marta Goebbles en amorío con un judío”. Verdad o no verdad, la puesta del primer pedazo de la obra, no me hizo creer que fuera cierto.



El segundo pedazo me sabe más dulce, es un poco de Irma Gresse. Nada como un buen ejecutor, frío, calculador y despiadado para reanimar a cualquiera. Nada como una jovenzuela alemana con ínfulas de grandeza y una extraña manía de moverse como bailarina. Esto mezclado con un poco de tristeza, hacen un pedazo más digerible.



Y luego, un aperitivo antes del pedazo final. Un poco de refresco, unos bocadillos (muy estilo nacional socialista burgués) y de vuelta para ver a la sobrinita de Hitler y sus dilemas con el tío pervertido. Porque si nos tenemos que referir a un personaje en la historia que tenía serios asuntos no resueltos, en el tema de su sexualidad, es Don Adolf. El problema de este pedazo final fue el de una señora que iba detrás del piano y trajo te, café, sopa, segundo, postre, refresco en sobre, pistolas, jarras, cacerolas, otro piano, a Adolf Hitler, manzanas, papayas, sandías, todas negras o mezcladas con Coca Cola, a la larga se hacía un poco tedioso. Estoy seguro que un afinador del piano, o quienes lo hayan creado, se deben sentir dolidos y traicionados ante tamaña destrucción del pobre instrumento que es una nueva víctima del Tercer Reich (eso de pararse, sentarse, pisarlo, como si fuera el banco de un happening, es muy propio de los nazis). Pobre niña, en serio dilema con el tío loco, si no le hubiese tocado un pedazo tan largo de obra, podría haber salido realmente airosa.



Detrás de cada gran hombre, hay una gran mujer, dicen por ahí. Con estas minas, mejor tener cuidado con la frase, que andaban para adelante, para el costado y para todo lado con los malos de la película.


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